Saltar un abismo

-primer comunicado-

Somos un grupo de profesionistas, académicos y activistas de la sociedad civil organizada que hoy creemos que el mejor camino para cambiar las instituciones y las políticas públicas del Estado es la izquierda partidista. Nuestro compromiso con el crecimiento redistributivo, el gasto público progresivo, la construcción de un Estado fuerte y una sociedad más abierta, más justa, más igualitaria y más sustentable, nos conecta con las izquierdas más que con otras corrientes políticas.

En el pasado, algunos integrantes de Democracia Deliberada hemos presionado a los partidos políticos de todos los signos desde la sociedad civil no partidista con el objetivo de alterar su comportamiento. La intención era obligarlos a conectarse mejor con los ciudadanos y las ciudadanas; zanjar el abismo que existe en la democracia mexicana: el que separa a las personas de sus representantes y de sus servidores públicos. Ahora hemos decidido cambiar de táctica, pero no necesariamente de propósito.

Los partidos padecen de un déficit democrático. Algunas de sus manifestaciones son el mantenimiento de altas barreras de entrada a nuevas formaciones políticas, y la construcción de condiciones en las que los miembros de los partidos pueden construir sus carreras políticas sin poner mucha atención a aquellos que deberían representar o servir. El abismo democrático que hay que zanjar también está hecho de las reticencias de los partidos para reforzar la rendición de cuentas, combatir el clientelismo y el uso ilegal de dinero público y privado en su interior, a sujetarse a mecanismos populares de confirmación de cargos como la reelección, a eliminar fueros, a privilegiar formas abiertas de selección de candidatos y a regular el cabildeo para limitar la sobre representación de algunos intereses particulares. Los ejemplos son muchos.

Algunos integrantes de Democracia Deliberada usaron el voto nulo en elecciones intermedias como mecanismo de presión para forzar una transformación de los comportamientos partidistas. Algunos más buscaron, sin mucho éxito, conformar nuevos partidos que se comportaran de formas distintas a los principales. Otros promovieron reformas políticas, y han dado seguimiento a temas cruciales para la rendición de cuentas, mientras otros más han coordinado un marcaje personal a los políticos que se han considerado como más desconectados de sus deberes como representantes o como servidores públicos.

En un contexto como el actual, no es sorprendente que en la sociedad se haya generado tal descontento con los partidos, que un virulento discurso antipartidista se haya normalizado. Los dichos más comunes son: “todos son iguales”, “todos son corruptos”, “da lo mismo quien gane”, “son la némesis de los ciudadanos”, “la salida es limitar su influencia en nuestras vidas”, “hay que eliminar la partidocracia”. Nosotros sostenemos que éstas son ideas imprecisas. Ni todos los partidos son iguales, ni todos los políticos son corruptos, ni da igual quién gane. La mejor prueba es que no todos gobiernan igual. Es importante recordar eso en tiempos electorales. Hoy hay más opciones que antes, a pesar de su déficit democrático. Son malos partidos, pero ofrecen cierta variedad que antes no había, y compiten como antes no se hacía. Hoy entendemos que el problema no son los partidos, ni su centralidad en nuestra vida política; el problema es zanjar el abismo que los aísla de los demás ciudadanos, de los que no militan en sus filas.

Las iniciativas que promovimos desde el activismo no partidista tuvieron resultados mixtos. Tuvimos un éxito moderado en transformar los comportamientos partidistas para revertir el déficit democrático. Finalmente se legisló sobre los derechos a presentar iniciativas ciudadanas y candidaturas independiente y a llevar a cabo consultas populares. Sin embargo, tuvimos más éxito en otro asunto: con nuestro trabajo, el de otros colegas y el de muchos activistas que nos antecedieron, se sentaron las bases de grupos de presión política externa a los partidos que ya no sólo representan intereses comerciales o corporativos, sino que tienen la capacidad de impulsar agendas de interés más general o de defender a los más débiles, a los más desprotegidos. Es decir, nos sabemos parte de la resistencia en contra de la despolitización que beneficia a quienes hoy están en el poder.

La consolidación del activismo no partidista ha sido tal que, hoy, no son pocos los políticos que han comenzado a abandonar sus propios partidos. Antiguos militantes ahora quieren ser independientes. Partidos establecidos buscan ganar el favor de los electores nominando candidatos externos, figuras públicas no tocadas por el desprestigio partidista. Incluso los pequeños partidos que buscan crecer reniegan de su condición y dicen retomar lo que consideran banderas ciudadanas. El desprestigio de los partidos es tal que comienza a haber una tendencia al abandono, comienzan a sofocarse a sí mismos. Por eso hoy, en una situación con una sociedad cada vez más fuerte y partidos cada vez más debilitados, es necesario preguntar ¿Qué será de la democracia si los partidos que hoy tenemos no cambian? ¿Qué será de la representación política si estos partidos no mejoran? ¿Qué efecto se puede esperar de tener partidos que se niegan a serlo?

Hoy que hacemos pública nuestra intención de cambiar de trinchera, de apoyar y participar en las izquierdas partidistas, declaramos que nuestro objetivo es el espejo del que teníamos desde la sociedad civil no-partidista. No es que alguna vez hayamos sido anti-partidistas y que ahora ya no lo seamos. Más bien, antes, nuestro objetivo era generar motivos para que los partidos se acercaran al resto de la ciudadanía. Ahora buscamos lo opuesto: queremos ofrecer motivos a la ciudadanía para acercarse a los partidos políticos. Saltamos contra la corriente con la intención de convencer a las personas que hacen y han hecho política fuera de los partidos a que se unan a ellos, a que los transformen, a que los rescaten, a que los hagan suyos.

Participar en un partido no es un deber ciudadano, pero hacerlo es una forma de luchar por la representatividad de nuestra democracia. El activismo no partidista ya está echado a andar y no se va a detener. Quienes ya hacen ese trabajo hacen bien en no parar. La ciudadanía es muchas cosas. Nuestra participación en la república puede hacerse por muchos caminos, de muchas maneras y de formas simultáneas. Los partidos se asfixian en su aislamiento. Si los partidos no nos quieren representar, nosotros los vamos a representar a ellos. Cada ciudadano y cada ciudadana es la esperanza de un tipo de participación distinta. No todos los partidos son iguales, no todos los partidos gobiernan igual. Y si lo eran, y si lo hacían, hoy y mañana ya no la harán. A tomar los partidos. A ocupar lo que nos corresponde. A nadar contra la corriente. A zanjar el abismo. Esto no es un acercamiento, esto es una invasión.

DEMOCRACIA DELIBERADA

Corriente política

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