La olvidada industrialización del TLCAN

Publicado en Animal Político.

Mañana comienza la segunda ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en nuestro país. Durante los últimos 23 años el TLCAN ha sido parte central de la economía mexicana. Si solo evaluamos sus objetivos en los términos que los negociadores mexicanos tenían en mente en 1993 —incrementar las exportaciones no petroleras y atraer Inversión Extranjera Directa (IED) con el fin de aliviar los problemas de balanza de pagos del país— entonces el TLCAN ha sido exitoso. La IED que recibe el país incrementó en más de 300% y las exportaciones no petroleras pasaron de los 123 millones de dólares a más de 1,000 millones de dólares en este periodo.

Sin embargo, si se evalúa el tratado con los otros objetivos públicos que ofrecieron sus promotores, encontramos deficiencias que no se deberían seguir obviando. Es necesario atenderlas ya. En el comercio internacional, dentro de los países, siempre se hay ganadores y perdedores. Los países más exitosos son aquellos que saben cómo compensar a los que perdieron, creando reglas para evitar que perdedores y ganadores no sean los mismos todo el tiempo. No obstante, el gobierno mexicano no ha hecho una evaluación consciente y balanceada del TLCAN, incluyendo el punto de vista de los perdedores. En otras palabras, el TLCAN no se ha acompañado de políticas que compensen e incluyan a los marginados de este motor del desarrollo del país. Esta ausencia está presente de nuevo en la actual posición del gobierno mexicano. Es grave que después de dos décadas no se entienda que, en vísperas de una nueva negociación, se quiera “modernizar” el acuerdo sin tomar en cuenta aquellos asuntos en los que el tratado no cumplió con las excesivas promesas de desarrollo.

Este momento debe ser una oportunidad idónea para evaluar el TLCAN en la conversación pública. En particular, esta discusión no se debe detener o limitar a cómo contener y/o administrar una negociación frente a las amenazas de un presidente como Trump. Es necesario que desde las izquierdas se presente un diagnóstico claro de quiénes han ganado con el tratado y quiénes han perdido desde su entrada en vigor. Un caso representativo es el sector agroindustrial. En este sector es posible encontrar algunos ganadores. Empresas muy grandes dominan la producción agropecuaria y han sido favorecidas con generosos y regresivos apoyos gubernamentales. En contraste, los perdedores fueron millones de campesinos que a lo largo de los años no recibieron ni ayuda ni compensación por parte del Estado. Las fuerzas de la integración económica los olvidaron sin siquiera pensar en construir una red de protección social para ellos. Estos contrastes entre los muy pocos ganadores y los muchos perdedores se repiten en más de un sector de nuestra economía.

A partir de la existencia del TLCAN, nuestra economía se ha vuelto en uno de los campeones globales en exportaciones; sin embargo, el valor de origen nacional que contienen ha decrecido con el tiempo debido al modelo de la maquila. Hoy en día menos de 40% del valor final de lo que exportamos es de origen nacional, el resto está compuesto por bienes y servicios que importamos para poder producir y después exportar. En esencia, aunque el TLCAN incrementó nuestras capacidades de exportación, la política económica e industrial de México se volvió dependiente del tratado como única estrategia de desarrollo. Nos industrializamos parcialmente hacia la maquila sin transitar hacia un desarrollo tecnológico de vanguardia a nivel interno. Estas carencias se han vuelto todavía más evidentes desde la entrada de China a la Organización Mundial del Comercio en el año 2001.

En términos sociales, el TLCAN nos quedó mucho a deber. La tasa de crecimiento de la economía mexicana se ha mantenido en una tasa alrededor de 2.3% anual durante los 23 años del tratado. Esto es un crecimiento decepcionante de una tasa per cápita menor a 1%, a pesar de que las exportaciones se multiplicaron casi 800%. Lejos de que la economía de México se desarrolle a ritmos similares de Canadá y Estados Unidos, en realidad se ha alejado con respecto a sus socios comerciales. Una muestra de ello es la evolución de los salarios manufactureros en la región. Mientras que en nuestros socios comerciales el salario ha crecido alrededor de 10 dólares por hora en sectores en los que somos productivos, como el automotriz, en México el salario apenas se incrementó en 2 dólares; algo menos de 1 dólar por década. Nos volvimos una excepción entre las economías del mundo: exportamos mucho y crecemos poco, con pésimos salarios y gran desigualdad.

El TLCAN, y en general la relación México- EEUU, ha dejado de lado el rol del trabajo en la integración de las economías. En cambio, el discurso anti inmigrante se convirtió en una de las claves para encumbrar al actual presidente de los EEUU. La renegociación del TLCAN debería colocar a este esencial factor de la producción en el centro del debate, por razones de su importancia económica para todos los actores y como un acto de justicia hacia un sector vulnerable, marginado y maltratado como es el de los mexicanos que trabajan en el vecino del norte.

La falta de una discusión pública y de un diagnóstico de los éxitos y fracasos del acuerdo, desde el punto de vista de los intereses nacionales, es una ausencia preocupante. México encontrará en Estados Unidos una postura más política que técnica. Aunque sea de forma errónea, el gobierno norteamericano busca modificar el TLCAN para quitarnos aquello que piensan que son “beneficios”. Por su parte, los negociadores mexicanos están entrando a la negociación con una actitud soberbia, pensando que darán lecciones de libre comercio a su socio sin otra pretensión que mantener, en el mejor de los casos, el estado de cosas. No parece que al gobierno mexicano le interese formular alternativas que nos puedan beneficiar a partir del acuerdo.

Hay algunos aspectos de la negociación que pueden resultar preocupantes, no sólo por una posible cancelación que afecte empleos manufactureros en nuestro país, también porque podrían incapacitarnos para hacer política industrial con la cual se podrían modernizar diversos sectores estratégicos del país y que justamente con ello nos hagamos menos dependientes de los EEUU. Por ejemplo, el capítulo 11 de protección de inversiones ha perjudicado al país más de lo que lo ha beneficiado y, de ser ampliado, podría atar las manos del gobierno para ejercer políticas públicas en áreas como salud, agricultura y desarrollo tecnológico, tal como ha pasado en otras partes del mundo donde empresas, como las farmacéuticas, logran condicionar las capacidades regulatorias nacionales. Este mismo peligro puede existir en el manejo de organismos genéticamente modificados y distintos aspectos de propiedad intelectual.

Es aún más preocupante que la postura mexicana sigue siendo de defensa dogmática de un modelo de desarrollo económico que ya está agotado. Los problemas de falta de crecimiento, desigualdad y pobreza que enfrenta el país no han podido ser solucionados con el actual modelo de desarrollo orientado al exterior. Para México, el comercio internacional no ha representado para el motor de crecimiento que se esperaba y dependemos de él para desarrollar nuestro débil mercado interno. El comercio internacional es una herramienta importante para el desarrollo y sólo lo será en la medida que este magnifique las fortalezas de la economía y su dinámica interna. Tener éxito en la economía global de nuestro tiempo implica integrarse en más y mejores cadenas globales de valor y tener políticas públicas que impulsen el crecimiento que incluya a toda la población. También implica una estrategia para agregar valor a nuestras exportaciones, es decir, una política industrial activa, con un rol más amplio para la inversión pública y el fortalecimiento del mercado interno. En ese sentido, es irónico que Estados Unidos esté más preocupado por los bajos salarios en México que el propio gobierno mexicano, en particular es agraviante que el gobierno mexicano explícitamente haya rechazado revisar los salarios en el marco de la renegociación.

Aspirar a modernizar el TLCAN sin contar con una estrategia de industrialización, al mismo tiempo que se buscar la apertura de más sectores, como el textil, que ya está severamente golpeado por la competencia asiática, sin considerar la capacidad de los trabajadores y empresas para competir, es una receta para garantizar que se repitan los mismos errores de hace 23 años. Es una receta para que continuemos con una economía partida en dos regiones, como lo muestran los datos más recientes de la medición de la pobreza: algunas regiones que explotan los beneficios de la integración a la economía global y otras regiones que no pueden ni siquiera integrarse a la economía nacional.

Es importante enfatizar que una crítica al TLCAN no implica que se niegue que, hoy en día, millones de personas en el país dependen de él, ni que estados como Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Querétaro o Aguascalientes se han beneficiado mucho del mismo. Criticarlo es reconocer que Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Veracruz y otros estados no se han beneficiado de la misma manera. La negociación del lado mexicano debe estar enfocada en defender los empleos que el TLCAN ha creado y extender sus beneficios a los lugares que nunca se han beneficiado del acuerdo.

En particular, creemos que hay diversos aspectos que deben ser prioritarios, como la mejora en la movilidad laboral de la región, arreglar varios capítulos como el 19 para hacer la resolución de controversias más expedita, encontrar una forma de implementar los capítulos de controversias inversionista-Estado y Estado-Estado, de forma que México se pueda defender de mejor forma en situaciones en las cuales nos encontramos en condiciones de debilidad asimétrica como en el conflicto por el azúcar.

Aceptar una negociación donde se restrinja nuestra capacidad de regulación, de hacer política industrial, donde perdamos mecanismos para defendernos de las arbitrariedades de nuestros socios, es una pésima negociación y en tal caso es mejor no tener TLCAN que a tenerlo. México debe tener claridad de dónde están las fronteras de la negociación. En particular, es preocupante que el gobierno quiera un proceso rápido de negociación para que no se discuta el modelo de desarrollo y que, en consecuencia, incorpore a más perdedores a la lista de olvidados por el tratado.

Por lo anterior, aquellos que pregonan que la única vía al desarrollo de México es más libre comercio, sin evaluar seriamente los resultados de las políticas de las últimas dos décadas, aquellos que se nieguen a tener una estrategia de industrialización en un mundo globalizado, aquellos que sigan ignorando a los olvidados de nuestro proceso de desarrollo y aquellos que planteen un proceso de negociación que termine subordinando todavía más a México a la economía de Estados Unidos, serán nuestros adversarios políticos.

 

Anuncios