#VotoRazonado México necesita cambiar – Diego Castañeda

*Publicado originalmente en NoFM.

Por Diego Castañeda

Hace seis años en Democracia Deliberada inauguramos nuestra existencia con una tradición que deseamos mantener, la de deliberar públicamente nuestras razones para votar, hacer un voto razonado que tenga alguna utilidad para la discusión pública, este es mi voto razonado.

Durante años muchas personas me han preguntado ¿por qué apoyo a Andrés Manuel López Obrador? O alguna variante de la misma pregunta, ¿por qué votar por él?, ¿por qué creerle? Mi respuesta ha variado poco, más que nada se ha adaptado a la problemática del país, al contexto específico de nuestros problemas.

En 2006, era principalmente un asunto económico: la necesidad de crecer más y que los frutos de ese crecimiento se repartieran de forma más equitativa, y llegar a una democratización plena después del fracaso del gobierno foxista. La frase de López Obrador “Por el bien de todos, primero los pobres” lo resume bien. Seis años después, en 2012, la urgencia pasaba por dos ejes: evitar una restauración autoritaria que representaba el retorno del PRI y la terrible crisis de violencia desatada por el gobierno de Felipe Calderón.

Hoy es la suma de todos esos problemas: una economía que tiene casi cuatro décadas estancada, incapaz de generar crecimiento sostenido, una fuerte y creciente desigualdad estructural que se transforma en trampas de pobreza; violencia que crece y desborda la capacidad del Estado de cumplir su deber primordial, el de salvaguardar la integridad física de las personas y su propiedad; además de una corrupción que llega a límites insospechados.

Las últimas tres elecciones hemos visto el continuo y gradual fracaso del modelo económico, político y social del país, el deterioro del Estado-nación, defender su continuidad es una locura.

Durante todo este tiempo, López Obrador ha planteado una visión consistente del país que desea, uno de igualdad de oportunidades, entendiendo que no existe verdadera libertad para las personas mientras no exista igualdad en el acceso a las cosas buenas de la vida; mientras no sean libres de la pobreza, y que no podemos ser una verdadera democracia sin esa libertad. México necesita transformarse en un país más justo, más igualitario, que funcione para las mayorías no para una pequeña élite privilegiada. Esa transformación es una condición necesaria si hemos de comenzar a resolver los problemas que enfrentamos. Los problemas económicos, la pobreza, la inseguridad, todos están conectados, la violencia estructural en el país se extiende por todas partes y a pesar de ello la oferta política de los otros candidatos es la continuidad con apenas algo de maquillaje.

La mejor forma de entender esta elección es la de una disyuntiva entre la continuidad del modelo, de la llamada “modernización” de la economía, cuyos resultados dejan mucho que desear. Crecimiento per cápita menor al uno por ciento, una de las economías más desiguales, en la que 21% del ingreso nacional se queda en el 1% más rico de la distribución del ingreso, un salario mínimo que tiene el poder adquisitivo de la década de 1960; una participación femenil en el mercado laboral bajísima –apenas el 36%–, mercados plagados de monopolios y oligopolios; informalidad en el 57% de la población económicamente activa, servicios de salud insuficientes con un gasto de apenas 3% del PIB -la mitad de lo que se recomienda-, la mitad de los mexicanos viven en pobreza y, en el campo, 5.8 millones de personas en pobreza extrema.

En términos de seguridad, los resultados no son muy distintos: en los últimos 12 años han sido asesinadas 240 mil personas, miles de desaparecidos y miles de desplazados. México vive una emergencia compleja. En algunas regiones bien podría clasificarse como un desastre humanitario.

Este cúmulo de tragedias es la herencia del régimen político y económico que se ha mantenido durante décadas, son la manifestación más evidente de que tenemos que reinventar el país.

Ciertamente, la propuesta de López Obrador no es perfecta, tiene inconsistencias importantes en algunos temas. Existen dudas razonables respecto a los detalles de políticas públicas que buscan implementarse, algunos incluso podrían decir que no existen garantías de que las cosas mejoren. No pienso disputar esas críticas, pero la primera condición para cambiar las cosas es querer cambiarlas, y la segunda es que el diagnóstico de los problemas sea el correcto. Esas dos cosas ocurren con López Obrador y en mi opinión esa es una gran diferencia y una ventaja importante sobre sus competidores.

Algunas de las críticas más anodinas al proyecto de López Obrador dicen que desea regresar al país al pasado, como si hubiera salido de la novela de H.G. Wells y buscará poner 1970 en la máquina del tiempo. Son críticas perezosas, lo que López Obrador busca es hacer los cambios que llevan pendientes por décadas. Por ejemplo, reformar el gasto público para que sea eficiente, recuperar la inversión pública que hoy se encuentran en sus niveles más bajos desde que existen registros, recuperar el rol del Estado en impulsar el crecimiento y que este sea inclusivo.

López Obrador quiere hacer algunas cosas que otros países lograron hace 80 años y que nosotros apenas vamos descubriendo, como fomentar competencia económica para que los grandes capitalistas sin escrúpulos de nuestros días, nuestros robber barons no sean los únicos que se beneficien del mercado, tan sencillo como que no siempre ganen y pierdan los mismos. Su propuesta es hacer una política industrial activa para el siglo XXI no es volver al pasado, es pensar en los motores de crecimiento del futuro. Es buscar que lo que exportamos si se traduzca en crecimiento, en producir valor agregado. Es preocuparse por las grandes desigualdades regionales en el país. Es difícil pensar en una economía que funciona bien si el Norte está integrado a la economía global y el Sur ni siquiera está bien integrado a la economía nacional.

Mi voto es por el cambio estructural en la economía y en la sociedad, por abandonar los espejismos de la “modernización” que se han apoderado de la política nacional por décadas, para en su lugar buscar la verdadera modernidad. ¿Qué es la modernidad para mí en este contexto? Es un gobierno para todos, un país donde la pobreza, la ignorancia, la desigualdad de oportunidades y la violencia fuera de control sean abolidas, es un país donde todos quepamos sin importar nuestro origen, ni nuestra forma de pensar, un Estado en el que el bienestar de la población sea la máxima prioridad.

Es tiempo de cambiar los paradigmas bajo los que hemos construido nuestra enfermiza tolerancia a la desigualdad y a la injusticia. Por eso el primero de julio voy a votar por Andrés Manuel, creo que la mayoría del país estamos de acuerdo.

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