#VotoRazonado El oráculo falló – Irvin Rojas

La crisis financiera de 2009 trajo varias lecciones para la economía y la política del mundo. Quizás la más importante de todas fue que los mercados, en los que se había confiado la la creación de riqueza y la prosperidad, no podían autorregularse. El mensaje fue recibido en algunas esferas de la academia y la política, despertando movimientos sociales de diversa índole y en posiciones tanto de la derecha como de la izquierda alrededor del mundo. El sistema económico le había fallado a las mayorías en proveer un mundo, ya no digamos disfrutable, sino al menos habitable. En cambio, las distancias entre los aventajados y los olvidados se ensancharon a tal nivel que los más privilegiados perdieron de vista el fondo del abismo.

Hace un par de semanas me regalaron un libro en el que Yanis Varoufakis intenta explicar el origen del capitalismo a su pequeña hija y el cual pude leer de una sentada en uno de esos trayectos largos que uno toma para ahorrar en pasajes. Ahí encontré una referencia que me sirvió para el viaje de regreso. En Brujería, magia y oráculos entre los azande, E.E. Evans-Pritchard presenta un estudio etnográfico fruto de su trabajo de campo con la tribu azande a finales de la década de 1920 y donde describe el rol práctico de la brujería y los oráculos para la vida diaria de la tribu. Contrario a lo que los ojos occidentales pudieran jugar, los azande no eran tontos o primitivos ni su sistema lógico provenía de la estupidez. Los azande entendían el oráculo y depositaban en él decisiones tan importantes como la producción o la justicia. Ante la duda o la incertidumbre, el oráculo dictaba su actuar por medio de un marco lógico y coherente.

A miles de kilómetros y decenas de años de distancia no pude sino pensar en aquellos que han sido responsables de interpretar nuestra realidad y quienes construyeron un proyecto material, cultural y político para México. Los creadores del proyecto material neoliberal supusieron que el crecimiento permearía a todas las capas de la sociedad pero ignoraron cómo la riqueza se concentraba en unos cuantos. Este orden no hubiera sido posible sin quienes se erigieron como defensores de la libertad para establecer un proyecto cultural que enraizó los mitos del esfuerzo y el mérito, ni sin quienes sostuvieron que con elecciones directas, con más leyes y con más instituciones se resolverían los dilemas materiales. Su sistema era coherente hacia adentro y ahí buscaron siempre las respuestas.

Nuestros lectores del oráculo apenas vieron lo que sucedía en el mundo en épocas recientes. Tomaron ejemplos, les asignaron nombres – BREXIT, Trump, neonazi, separatista  -, los envolvieron todos juntos y al paquete le pegaron una etiqueta que decía populismo. El término, no nuevo, se volvió el atajo mental favorito para su incapacidad de resolver el problema práctico que tenían en sus manos: la contradicción de un mundo con más satisfactores materiales que nunca pero donde al mismo tiempo millones carecen de lo más básico y donde el trabajo, lo único que poseen es agredido, malbaratado y humillado. Cuando vieron el hambre, la injusticia, la pobreza, la violencia y la miseria, del oráculo solo escucharon mercados, desregulación, tecnología e individualismo. En esas circunstancias llegamos a la elección presidencial de 2018. Nuestros lectores del oráculo nos ofrecieron para México lo que Yuri Herrera definió magistralmente como el “último pataleo de la tecnocracia” y “el tétrico delfín de la plutocracia”. Ni para qué escribir su nombre.

Voy a votar por tercera vez por López Obrador y lo voy a hacer con convencimiento y consciencia de las consecuencias, pero también con mucha esperanza. El movimiento encabezado por López Obrador representa la única opción en el escenario político actual y del porvenir cercano para recuperar para el Estado la posibilidad de intervenir en dónde los mercados no funcionan, de hacer valer la ley donde sí pero, sobre todo, de ver hacia el fondo del abismo del que los privilegiados decidieron olvidarse.

A unas cuantas horas de la elección presidencial, decidí dejar estos párrafos más como un testimonio que como una incitación. Comparto con el lopezobradorismo el principio de anteponer el beneficio común al interés propio, la importancia de erradicar la corrupción no solo por lo que significa en términos de recursos pero sobre todo como forma de dominación, pero sobre todo, la convicción de que por el bien de todos, primero los pobres. Por años el lopezobradorismo ha sido un movimiento que abre la puerta a la posibilidad de reorientar los esfuerzos públicos hacia objetivos que no tienen que ver con la acumulación o la abundancia, sino con el disfrute material y espiritual de la vida. En eso creo.

La tercera, la vencida, representa también para mí el reclamo furioso pero sensato a quienes tuvieron en sus manos la responsabilidad de darle una vida más digna a la mayoría de mexicanos y nos fallaron. A quienes defendieron por décadas el privilegio que su construcción les brindó y que los protegió mientras el paraguas cultural y político los cubría. A quienes incluso llegaron a darnos lecciones de cómo debíamos indignarnos, de lenguaje y de modales. Nos llamaron chairos, pejezombies y perrada. Nos ridiculizaron y nos quisieron aplastar, pero no pudieron. Llegó el momento de decirles que lo sentimos, que se equivocaron al no ver lo que pasaba en el abismo. El oráculo falló.

Es nuestro momento para hacernos responsables de un futuro diferente.

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